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PINO 1

PINO 2

 


(a RUG, LIPU Y HATO desde mi Libertad ausente)

HAY UNA HEROICIDAD de seres que a conciencia ponen a juego su tamborilero pectoral por la concreción de un ideal, por ofrendar sus latires en pro de otros empechados panderos cuya percusión y repercusión peligran, por la disyuntiva de Tetis a su chilpayate Aquiles: Trascendencia o vejez, de donde brotó la rebatible fórmula sin uno ni carro carrereado: “Los dioses los prefieren jóvenes”, que este tecleador abordó al estribo de otro escrito suyo muy anterior asaz encamionado…

Cuando un día gnóstico llega y llaga metafísico

La noticia clínica de una enfermedad terrible, incurable, el desahucio recetado, cubre de un heroísmo fatal e inesperado al recipiendario, hay que vivir lo que falta con la crudelísima certeza de que ya se es otro, con la misma piel, el idéntico tic que casi guiña y casi engaña… y a fortiori portar la existencia bajo la sentencia de Rabindranath Tagore; “Tú no eres lo que ves, sino su sombra”.

Qué heroísmo de obelisco, inmenso, íntimo, con el mal asentado en la cerebral “silla turca” donde Descartes nos arrellanó el espíritu y levantarse desde los adentros en GRANDEZA de revuelo.

Accidentarse corresponde a lo imponderable, a lo dicho por William Shakespeare y vuelto a decir por André Maurois: “Siempre sucede algo inesperado”, algo que toca y trastoca, el ser atropellado por imprudencia peatonal, por un briagadales volanteado, por quien de súbito sufre un infarto al conducir un auto, en el instante mismo que “otro quien” se dispone a enfilarse a la otra banqueta… y una pierna se pierde, aunque no se mutile, se va sin ser cortada con su movilidad completa… y repentino el héroe surge de la pesadumbre y el azoro, hay que andar con muletas sin el ardid de gramaticales muletillas, quedar desprovisto de las distancias que a pie y a piejuntillas se disfrutaban en solitario deambular, fin a los anochecidos deambulares en que un andarín nocturno se topaba con pared pero sin tope, leía poemas grafiteados con la luz sola sólo para él de un canto que cantarín en eucaristía a sus entrañas sin desliz se deslizaba:

Te desplazas sobre alfombras vencidas de bruma
dejas tu planta en ofrenda de plantío
y después partes sin partir con el verso a cuestas
para que todos atestigüen que a tus espaldas
ya se encaramó la inminencia de tu aurora. 

Así, lo heroico se sostiene en una sola pierna, lo de antes ya no será como antaño sin placebos de pleonasmo ni redonda redundancia, la heroína involuntariedad se yergue magnífica, con el solo reconocimiento del que se reconoce en otra lentitud y en otra latitud.

Corrido sin acordeón ni guitarrones

El alguien aquél en el que todos cabemos… en su sitio de trabajo es informado -desde un amurallado rictus- que ya no laborará más en tal por cual empresa, el usigliano valladar gestual, se va con el hastiado ritual de su mascada mascarada; cese por “reajuste”, despido por izar una sílaba en conato de protesta y banderola (que no pudo ser la rojinegra); porque le cayó mal al patrón como buche de coñac falsificado; por las puras pistolas de sus empistolados cancerberos… Y el amigo-camarada-compañero-hermano- que al sustantivo empapa de comillas embozadas, sirviéndole al patrón desde un mutismo reconcentrado, o testificando en contra del carnal-cuaderno, o agazapándose hasta donde el compromiso no se asoma, o…

PINO 3Y otra vez la calle, ¡a la calle!, a la desolación que se intensifica en el tumulto, que se torna más sórdida en la sordera de un escándalo tropezado, con la mente sobrepobladísima de un inquirir que machuca de tanto rodar la reflexión, el “Por qué me hallo sin hallarme tan hollado”, mientras el asfalto ruge la manada de una felonía, y las aceradas aceras encajan hasta la empuñadura la desolación en una cuchillada.

Héroe sin plaza, sin el consuelo de una estatua que albergue el palomar de tantas ánimas pe-penantes que al mundo en revancha le impactan sin hurra una zurra; heroicamente hay que demandar al “corredor”, embutido éste sin falla en un portón privado, privado de todo, de los nudillos laborales privado, aun de las astillas privado, privado-privado-privado cual retrete que impide otro sinfónico reinado; consultar al Lic. de laborantes que tapatíamente nunca pierde si no es que a rebatos rebate arrebatado, no contra el burgués, no al expoliador, al cliente, al representado, al que más de un jurisconsulto asume y sume en hondísimas sumadas de sumir… como aristotélico ser hecho a la medida de la obediencia; y luego las audiencias en la Junta con el bufete del patrón escalonado para apantallar en una jeremiada encorbatada, y despuesito la burocracia de Conciliación y Arbitraje que entre ¡auuu! y ¡auuu! bosteza expedientes, y a continuación las “reformas estructurales” de don Enriquito, legadas en legajo en gajo de toronjota por don Jelipe, y el asesor del actor que presiona por el “arreglo” con la letanía de “Ahora que son pesos, pues mañana con la inflación ni veintes, soles ni águilas te tocan en picada”, y el pesaje ensombrecido de la “lista negra”, y el titulito sin académicos cartabones de “conflictivo”, “comunistoide”, y “loco” con sombras pero sin tango ni Javier Solís, y el resistir que la dignidad impele… heroísmo que no ven los ojitos-pajaritos en sus voladas, heroicidad y anonimato en donde de a devis cambio y revolución son preludio de génesis venidero, seminal, fermentador.

Arribar a la vejez depara un heroico estacionar

Ser viejo no es mérito ni demérito, sólo circunstancial calendarización, males físicos que otrora no se imaginaban siquiera entre la propia carne constreñida, el pelo que se va y la joroba que arriba, que trepa y se encarama en una especie de volcán re-cargado de sombra todavía más umbría, la rodilla chueca que más se enchueca, las ojerotas atiborrando su arsenal de insomnios, la papada pelicanesca en que cuelgan prisioneros los decires que jamás rebasaron el gong de su campanilla… Empero el anciano vive, cree y crea, no se pone en la solapa ninguna toallita blanca, avanza así las plantas duelan el sembradío de una caminata, lleva a cuestas ideales, así la gibosidad necia y pleonástica jorobe, se talla los oclayos y sus desvelos se disuelven sin lágrimas en sueños por concretar, así la senectud heroicamente involuntaria es y sigue, no resulta hamletiana, la duda se reduce a una interrogación que de bastón empuña, así, la ancianidad transcurre, así la vejez es proeza apartada del reflector y el bisturí, así…

Más que los achaques, más que la torcedura de las reumas… hay algo que los seres desde su antigualla deben enfrentar en su íntimo viacrucis: sobrevivirle a lo asaz adorado, zamparse un hueco descomunal que de vértigos atraganta, irse quedando sin contradicción ni oxímoron, irse quedando sin partir en la peor vorágine del aislamiento, marearse más que por los años, por el vacío que cuela una infinitud cercana, guardar en la hostería de cada arruga a quienes sin mar ya se han embarcado, irse quedando con la caricia aquélla, el murmurio aquél, los mirares aquéllos que Desde un quietecito pendular de menguantes tamizaron la existencia… Heroica imposición del sino significa irse quedando, cuando lo adorado quedo, quedito, en bisbiseo casi de manantial al microscopio, se fue a esperar al desolado en el impartible caserón de la otra orilla.

El viejo, el héroe antiguo tan presente, porta corcovo no sólo la historia, también lo que aún le resta por escribir, por andar a lo Machado, por hacer de sus huellas una ruta colectiva, aunque le duelan los huesos y truene en su médula el tiempo medular, aunque se ladee a tumbos de tanto equipaje arrejuntado.

La heroica necedad de los apócrifos

Otros próceres incógnitos, incluso por sí mismos impensados… su heroicidad necean, no hubo galerías que sus trazos encuadraran ni salas que concertaran el concierto de su lira o editores que a su verbo lomo le montaran y remontaran; su heroísmo, sin embargo, transformó la tapia callejera en un espejo colectivo en que cada transeúnte se refleja en el óvalo dibujado de un rostro universal; a la banqueta le construyeron un teatro de hermosísima neblina en que un abrazo aguitarrado extendióse en fraternidad sin aduaneros; y en avioncitos de hoja con otoños desencuadernados, lanzan al vuelo el cuento que alguna retina de luz sin resta recontará, o la novela en escuadrones que tornan al viento narrador, o el versículo para que alguien se beba del anónimo un brindis en aquella eucaristía.

Hazaña y terquedad en el floral abierto de la intemperie, como en una bardita de la Prohogar donde un instrumentalista en una esquina singularmente esquinado, le desgranaba nuevos resplandores al Concierto de Aranjuez, y, a sus espaldas emparedada una enigmática pizcadora de palabras en milagro hacía descender

Tras la hilera de los póstumos sonámbulos
un veedor sin aldabas ni cerraduras
ofrece a peregrinos de alboradas
ramilletes de soles magistralmente apaciguados
que ningún jarrón quiso aposentar

Y la palabra

y la guitarra

y la pintura

triplicaron la Libertad en el memorial sin callejones de un gran maullido

Sí, cuando el desahucio se dictamina… sin decreto brota el héroe

Arribita ya se estipuló que si un resultado médico deriva en alguna enfermedad irremediable… no importa que la agonía permanezca tortuosa en longevidad, la muerte se palpa real más allá de toda metafísica, palpable también irrumpe el héroe involuntario y el summum de su hazaña tan fortuita: hay que yacer sapiente con la vida y con la muerte conjugadas, hay que yacer en una dialéctica erguida, hay que yacer sembrado en flor de pensamiento, ¡hay que ya ser!

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